La marca, esa seductora

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La marca, esa seductora
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El siguiente artículo explora la vinculación de una marca con su público, indagando la naturaleza de esa relación y lo que puede involucrar.

Las marcas median entre productos y consumidores. Pero para que una marca sea una buena intermediaria, debe tener ciertas virtudes:

Como una amante, debe tener la capacidad de seducir y la virtud de poder ser recordada, diferenciada y valorada como la ideal, ya que solo esto permitirá que la persona indicada desee volver una y otra vez a querer revivir la experiencia de contar con esa marca.

También la marca debe hacerse ver y entender, debe poder expresarse y bien para subyugar a quien la pretenda, envolviendo a su consumidor con argumentos acerca de por qué elegirla a ella. Razones racionales que apelan a lo real de sus atributos y razones emocionales que se conectan con los deseos y fantasías propias de su público.

Por todo esto y si la marca tiene altas pretensiones, ella deberá actuar públicamente y en ese contexto usar ciertos recursos, entre ellos:

  • Debe mostrar y desplegar lo que tiene, todas sus virtudes, para que sean debidamente valoradas.
  • Debe insinuar lo que es y lo que puede lograr. Debe poder llevarnos a mundos soñados, a tantos mundos posibles como enamorados ambicione.
  • Su belleza debe poder ser verbalizada, entendida y transmitida, ya que de esta forma su fama podrá llegar hasta lugares impensados.
  • Debe poder mantener su magia una vez que su envoltorio se caiga, que su caja se abra y su contenido sea experimentado por su amado.
  • Si se va a casar, debe tener cuidado porque en ese caso la realidad podrá limitar lo imaginario y el sentido de propiedad de uno alejará a otros.

Sin embargo, para lograr sus fines la marca solo podrá mostrarse a través de símbolos: gestos e imágenes que despertarán historias. Historias que transportarán y gratificarán a sus enamorados, llevándolos hacia lugares, momentos y situaciones únicos. Hechizos que quizás podrán hacer la vida del comprador más bella.

© Sebastián Guerrini, 2010

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